dimarts, 7 de juny de 2016

El viaje de Félix Julbe - Mario Riera

07.06.2016
http://www.diariodeibiza.es/opinion/2016/06/07/viaje-felix-julbe/846938.html


David Trias, Julio Herranz i Salvador Roig a la presentació del llibre de Julbe el 3 de juny de 2016 a la seu del Col·legi d'Arquitectes d'Eivissa i Formentera. Foto de Jordi Salewski



Probablemente todo empezó cuando el viajero descubrió la ciudad desde el puente de un barco de la Transmediterránea. O quizá un poco antes, cuando la isla entre brumas se le apareció como una mujer desnuda recostada y sonriente». Así empieza el texto ´Viaje real a un espacio utópico y otros textos insulares´, del arquitecto Félix Julbe, presentado el pasado viernes en el Colegio de Arquitectos en Dalt Vila, con la presencia y el cariño de familia y amigos, quienes nos reunimos para rememorar su obra y el espíritu que encarnaba. Hablar de Félix Julbe es hacerlo de una visión de la vida humilde y mesurada, pero a la vez inquieta y utópica. Un contraste común que atrajo a tantos viajeros a la isla de Ibiza en busca de un espacio donde aún fuera posible la evasión y la libertad en uno mismo, un valor tan noble como esencial, un camino tan dificil como posible. Así fue como se continuó un mito, siguiendo el hilo conductor de otros viajeros anteriores como Walter Benjamin o Raul Hausmann, nombres que, como ahora el de Julbe, quedan en la memoria de quienes intentaron preservar el espíritu singular de Ibiza, un espacio dialéctico entre el hombre y su ambiente, la isla como lugar ambivalente que diera «la medida de la utopía de cada uno».

Atina Julbe en su análisis de la sociedad ibicenca contemporánea, de la transformación a todos los niveles que supuso el turismo y de la naturaleza de las relaciones que se generan en un lugar tan pequeño y endogámico. El carácter isleño es en gran medida desconfiado, quizás debido como dice el autor por «la agobiante herencia de una dura historia que ha prolongado más allá de lo razonable ese arcaico sentimiento de lo privado». El cambio producido por el turismo produjo la ruptura de ese equilibrio racional que hasta entonces había permanecido inmutable a lo largo de los tiempos y que los ibicencos estaban dispuestos a aprovechar «de la única forma que pueden, quizás la más fácil: dejar hacer sin saber muy bien qué hacer, lanzándose con prisas a la pura y simple acumulación económica».

Leyendo este último párrafo, parece que no ha pasado el tiempo y que poco queda de aquella filosofía que pretendía un desarrollo social y paisajístico equilibrado. Nos damos cuenta que las consecuencias actuales nos empujan a una difícil convivencia, ya no solo para aquellos que vinieron a la isla en busca de la utopía, sino para los hijos de aquellos que aprovecharon el maná turístico y hoy buscan alejarse de las aglomeraciones y de la explotación intensiva del territorio que ha traído este modelo. Ahora ya somos nosotros mismos los defraudados, quienes pudimos gozar de los privilegios por todo ello y como resultado empezamos a imaginar la utopía en un lugar lejos de Ibiza, haciendo que la tierra que nos vio nacer a muchos de nosotros, nos sirva tan solo de soporte económico para huir a otro lugar donde encontrar justo lo que buscaban aquellos viajeros utópicos de entonces. Una suerte de huida que se confunde con la bipolaridad de los ritmos económicos que aún nos permiten seguir cogiendo aire y considerar que sigue existiendo un espacio para la calma, como sucedáneo de lo que algún día fue un auténtico paraíso. Tuve la suerte de conocer a Félix y a otros como él que nos abrieron a los autóctonos a otra visión más racional del desarrollo económico-social que acontecía en la isla en los años ochenta, además de transmitirnos una calidad humana fundamental en la construcción de uno mismo. Una arquitectura emocional que nos dejó impregnados de esa utopía que hoy sobrellevamos ante la estupefacta mirada de lo que ocurre en Ibiza. Un espíritu que, a pesar de todo, seguirá latente porque en la utopía todos imaginamos una isla, esa aparición del viajero como una mujer acostada y sonriente, un lugar que llevamos grabado en nuestra cartografía personal que nos permita seguir descubriéndonos en el viaje. Una tierra sin nombre que siempre hay que recuperar y en la que Félix siempre hubiera creído.